miércoles, 22 de junio de 2016

Personajes



Está muy bien eso de leer batallas épicas o cualquier historia en general, pero muchas veces empezamos a leer y nos damos cuenta de que no nos enteramos de nada porque te nombran a muchísimos personajes y no tenemos ni idea de quién es quién, por lo que nos cuesta enterarnos de lo que nos intentan contar.

Para evitar que eso os pase cuando estéis en esta página he creado este apartado en el que os podréis enterar de  quién es quién en las distintas mitologías. Veréis que por ahora hay pocos personajes, pero confío en que con el tiempo habrán muchos más.

Voy a ordenar los personajes por mitologías, y dentro de las mitologías por orden alfabético:


MITOLOGÍA GRIEGA

> Caos
> Eco
> Eros
Europa
> Febe
> Gea
> Hebe
> Hele
> Hera
> Pan

MITOLOGÍA EGIPCIA

> Bast
> Isis
> Nun
Ra
> Seth
> Toth

MITOLOGÍA NÓRDICA

> Aegir: gigante (jotun) rey de los mares
> Ask: primer hombre humano
> Baugi: gigante (jotun) hermano de Sttung
> Blodughadda: una de las doncellas de las olas
> Bolwerk: uno de los nombres por los que fue conocido Odín
> Blodughof: caballo de Frey
> Bragi: dios de la poesía y la música, hijo de Odín y Gunlod
> Byljga: una de las doncellas de las olas
> Doncellas de las olas: las 9 hijas de Aegir y Ran
> Drofn: una de las doncellas de las olas
> Dúfa: una de las doncellas de las olas
> Embla: primera mujer humana
> Espada de la Victoria: mítica espada de Frey
> Fjalar: enano hermano de Galar
> Frey: dios del sol, el verano y los cultivos. Señor de Alfheim.
> Freyja: diosa del amor, la belleza y la fertilidad
> Freyr: dios de la fertilidad, la lluvia, la vegetación y el amanecer
> Galar: enano hermano de Fjalar
> Gilling: gigante (jotun) padre de Suttung
> Gjalp: giganta (jotun) hermana de Greip
> Greip: giganta (jotun) hermana de Gjalp
> Gullinbursti: cerdo de Frey
> Gullitani: apodo de Heimdall
> Gulltoppr: caballo de Heimdall
Gunlod: hija de Suttung que guardaba el aguamiel
> Hallinskide: uno de los nombres de Heimdall
> Heimdall: guardián del Bifrost (puente del arco iris)
> Hefring: una de las doncellas de las olas
> Himinglaeva: una de las doncellas de las olas
> Hoenir: dios silencioso, compañero de Odín
> Hronn: una de las doncellas de las olas
> Idunn: diosa de la juventud
> Irmin: uno de los nombres de Heimdall
> Jormurgand: serpiente de Midgard, hijo de Loki y una giganta.
> Kólga: una de las doncellas de las olas
> Kvasir: dios más sabio de los Vanir
> Loki: dios del engaño
> Mardoll: uno de los nombres de Freyja
> Njoror: dios de la navegación, padre de Freyja y Freyr
> Odín: rey de los dioses, dios de la sabiduría
> Ran: diosa marina que reina sobre los que mueren ahogados
> Skadi: diosa del invierno
> Skidbladnir: barco mágico de Frey
> Skuld: una de las tres nornas principales
> Suttung: gigante (jotun) hijo de Gilling
> Surt: líder de los gigantes de fuego en y soberano de Muspelheim,
> Thiazi: gigante (jotun) padre de Skadi
> Tyr: dios de la guerra
> Udr: una de las doncellas de las olas
> Urd: una de las tres nornas principales
> Ve: dios hermano de Vili y Odín, hijo de Bor
> Verdandi: una de las tres nornas principales
> Vili: hermano de Ve y Odín, hijo de Bor
> Ymir: primer gigante de la escarcha



Heimdall - Mitología Nórdica - Personajes

HEIMDALL

EL GUARDIÁN DEL PUENTE DEL ARCO-IRIS



  Aviso: las aclaraciones en rojo son para explicar quiénes son los diferentes dioses u otras palabras mitológicas, si ya los conoces ignóralas

  Se dice que un día, en en el transcurso de un paseo a orillas del mar, Odín (dios de la sabiduría) vio una vez a nueve bellas gigantes, las doncellas de las olas, llamadas Egia, Augeia, Ulfrun, Aurgiafa, Sindur, Atla, Iarnsaxa, Gjálp y Greip, las hijas de Aegir (dios de los océanos) . Se encontraban profundamente dormidas en las blancas arenas. Odín quedó tan enamorado de las hermosas criaturas que, como relatan las Eddas (colecciones de relatos nórdicos), se desposó con las nueve y se combinaron, en el mismo momento, para traer al mundo un hijo que recibió el nombre de Heimdall.

  Las nueve madres procedieron a alimentar al bebé con la fuerza de la tierra, la humedad del amor y el calor del sol, una dieta que demostró ser tan fortalecedora que el nuevo dios creció completamente en un espacio de tiempo increíblemente corto y corrió a unirse a su padre en Asgard (reino de los Aesir, los dioses guerreros).

  Encontró a los dioses observando con orgullo el arco iris del puente Bifröst (el puente que conecta Asgard con Midgard, la Tierra), el cual acababan de construir con fuego, aire y agua, los tres materiales que aún pueden verse en este extenso arco, donde brillan los tres colores principales significativos de estos elementos: el rojo representando al fuego, el azul al aire y el verde a las frescas profundidades del mar.

  En el momento de la llegada de Heimdall, los dioses estaban deliberando sobre la conveniencia de asignar un guardián fidedigno y vitorearon al nuevo recluta como alguien apropiado para cumplir con las onerosas obligaciones de su cargo. Heimdall accedió con alegría a asumir la responsabilidad y desde entonces veló día y noche el sendero de arco iris que se adentraba en Asgard.

  Para permitir que Heimdall detectara la aproximación de cualquier enemigo desde lejos, la asamblea de los dioses le concedió sentidos tan agudos que se dice que era capaz de oír crecer la hierba en las colinas y la lana en los lomos de las ovejas, de ver a cien millas de distancia tan claramente tanto de día como de noche, y a pesar de todo, necesitaba menos tiempo de sueño que un pájaro, así era el poderoso Heimdall.

  Se le proporcionó además una reluciente espada y un cuerno extraordinario, llamado Gjallarhorn, y los dioses le ordenaron que hiciera sonarlo siempre que divisara que se aproximaban los enemigos, los gigantes de escarcha, sabiendo que su sonido despertaría a todas las criaturas en el cielo, la tierra y Niflheim (reino de la niebla y las tinieblas). Su último terrible sonido anunciaría la llegada del Ragnarok (el día del fin del mundo).


  Para tener siempre a mano este instrumento, que era un símbolo de la luna creciente, o lo colgaba de una rama de Yggdrasil (el árbol de los mundos) sobre su cabeza o lo sumergía en las aguas del manantial de Mímir. En este último lugar yacía junto al ojo de Odín, que era un símbolo de la luna llena.

  El palacio de Heimdall, llamado Himinbjörg, estaba en el punto más alto del puente, y allí le visitaban a menudo los dioses para beber del delicioso hidromiel con el que él los agasajaba.
Heimdall siempre era representado con una resplandeciente armadura blanca, por lo que era conocido como el dios brillante o de la luz. También era conocido como el dios delicado, inocente e indulgente, nombres que merecía, pues era tan bondadoso como hermoso y todos los dioses le amaban cariñosamente.

  Conectado por el lado de sus madres con el mar, a veces era relacionado con los vanir (dioses de la naturaleza), ya que a los antiguos nórdicos, especialmente los islandeses a quienes el mar los rodeaba, les parecía el elemento más importante, creyendo que todo había emergido de allí. Le atribuían un conocimiento muy extenso y se lo imaginaban especialmente sabio.

  A Heimdall se le distinguía asimismo por sus dientes de oro, que destellaban cuando él sonreía, y se ganó el sobrenombre de Gullitani (el de los dientes de oro). También era el orgulloso propietario de un veloz corcel de crines de oro llamado Gulltoppr, que le transportaba de acá para allá pero especialmente temprano por la mañana, a cuya hora, como heraldo del día, tenía el nombre de Heimdellinger.

  Heimdall tiene otros nombres, entre ellos Hallinskide e Irmin, pues a veces ocupaba el lugar de Odín y era identificado con aquel dios, al igual que con otros dioses de espada, Er, Heru, Cheru y Tyr (dios de la guerra) que destacaban todos por sus relucientes armas. Él, sin embargo, es más conocido generalmente como el Custodio del arco iris y dios del cielo, de las fértiles luvias y de los rocíos, que traen buenos tiempos a la Tierra.

  Heimdall compartía además con Bragi (dios de la poesía) el honor de darle la bienvenida a los héroes en Valhalla (el paraíso de los guerreros, adonde van cuando mueren) y, bajo el nombre de Riger era considerado como el señor divino de varias clases sociales que componen la raza humana.

  Heimdall era conocido como el Dios Blanco, por su armadura de blanco metal y muy brillante y una espada del mismo metal y gran brillo llamada Hofuth.


  La historia continúa: Siguiente relato

El origen del mundo - Mitología Egipcia


EL ORIGEN DEL MUNDO - LA CREACIÓN DE RA



  Cuenta la leyenda que en el principio de los tiempos no había luz, todo era oscuridad. Únicamente existía una enorme extensión de agua llamada Nun. El poder de este océano infinito era tan grande que pudo crear en la penumbra un gran huevo brillante y rodeado de llamas del que nació Ra, el dios del Sol.

  Ra también heredó un enorme poder, y pronto se acostumbró a cambiar de forma, especialmente a la de algún ave. Tal era su poder que lo que él nombraba adquiría forma y se volvía real. Pero, sin embargo, su mayor poder se hallaba en su nombre secreto, su verdadero nombre, el cuál le concedería a quién lo pronunciara dominio absoluto sobre el dios del Sol. Nunca se lo dijo a nadie y lo guardó en secreto con sumo cuidado para protegerlo.

  Entonces se propuso crear el sol, y dijo: “Al amanecer me llamo Khepri, al mediodía Ra y al atardecer Atum”. Y entonces, el sol apareció por primera vez iluminando la oscuridad, como envuelto en llamas,  se elevó sobre el horizonte simulando una enorme esfera de oro reluciente, y al atardecer descendió con la elegancia propia de un ave fénix para volver a ocultarse.

  Nombró a Shu, y los vientos se congregaron por primera vez y comenzaron a soplar sin descanso, formando el primer susurro del aire.

  Nombró a Tefnut, la lluvia se hizo presente con sus gotas, que parecían lágrimas que caían incesantemente de las esponjosas nubes.

  Nombró a Geb y con solo nombrarlo, se formó la tierra, la tierra que habitarían los humanos y todas las especies terrestres.

  Quiso hacerle compañía a Geb, y para eso nombró a la diosa Nut, haciendo que el firmamento se arqueara sobre la tierra.

Imagen de Geb y Nut, Tierra y Cielo


  Cuando quiso coronar a Egipto con el río Nilo, nombró a Hapi, el padre de los dioses. Y el Nilo comenzó a fluir a través de Egipto fertilizando su amplio valle. Ra, comenzó a nombrar una por una todas las cosas que existen sobre la tierra y estas se hicieron visibles y crecieron. Finalmente les dio nombre a los hombres y a las mujeres, y desde entonces la humanidad pobló la tierra.


  Una vez terminada la creación, Ra tomó la forma de un hombre y se convirtió en el primer faraón de Egipto, dispuesto a gobernar sabiamente hasta el fin de los días de su cuerpo mortal.


  La historia continúa: Siguiente relato

El origen de Géminis - Mitología Griega

LOS DIOSCUROS CÁSTOR Y PÓLUX - GÉMINIS



  Aviso: las aclaraciones en rojo son para explicar quiénes son los diferentes dioses u otras palabras mitológicas, si ya los conoces ignóralas

Hace mucho tiempo, reinaban Esparta la reina Leda y el rey Tíndareo. Una noche, Zeus (dios de los dioses), que ya conocía a la reina de otra ocasión, descendió hasta el lecho de Leda en forma de un elegante cisne blanco e hizo el amor con ella, dejándola embarazada.

Más tarde la reina puso dos huevos, en uno se hallaban las hermanas Clitemnnestra (reina de micenas y esposa de Agamenón) y Helena (la bella Helena de Troya), y en  el otro los gemelos Cástor y Polideuco, este último comúnmente llamado Pólux. A estos gemelos también se les conoce como los Dioscuros.

Al enterarse de los actos de Leda, el rey montó en cólera. Sólo consiguió apaciguarle el hecho de que la reina había sido fecundada el mismo día por él y por Zeus, lo cuál hizo que un gemelo fuera mortal (Cástor) y otro tuviera sangre de dios (Pólux). Lo miamo sucedió con las hermanas, Climenestra fue hija del rey Tíndaro mientras que Helena lo fue de Zeus.

Las hermanas siguieron su propio camino, pero sin embargo los gemelos siempre fueron inseparables, ya que estaban unidos por un gran amor de hermanos, a pesar de que ambos eran completamente diferentes. Cástor era pacífico, y se dedicaba a la domar y cabalgar caballos, mientras que Pólux era agresivo, y era un gran luchador, especialmente en el combate cuerpo a cuerpo.

Imagen que representa a los Dioscuros


Unidos participaron en muchar hazañas, cómo la cacería del Jabalí de Calidón y el vaiaje de los Argonautas. Lucharon juntos en varias guerras, y el destino quiso que en una de ellas, en la que luchaban contra sus primos Idas (inmortal) y Linceo (mortal), el desafortunado Cástor muriera a manos de su primo Idas. Pólux quedó absolutamente destrozado por haber perdido a su hermano, así que en un arrebato de furia mató a su primo mortal Linceo. Zeus intervino en la lucha fulminándolos con un rayo, entonces fue cuando Pólux le dijo a su padre que de nada le servía la inmortalidad si no la podía compartir con su hermano, y que estaba dispuesto a sacrificarla para poder reunirse con él. 

Esta afirmación sorprendió a Zeus, que decidió colocarlos juntos en el cielo, en forma de la constelación Géminis, en su honor, llamó a sus dos estrellas más importantes Cástor y Pólux (aunque también había quién las asociaba con el día y la noche) y además, se apiadó de la fatal suerte de los gemelos, y pactó con Hades (dios de los muertos) que les dejara vivir seis meses en el Olimpo (hogar de los dioses) y seis en el Inframundo (reino de Hades y mundo de los muertos) , para que pudieran estar siempre juntos.

Se dice que la última parte de la leyenda intenta expresar que las personas bajo el signo Géminis para alcanzar la espiritualidad deberán renunciar a lo material, aunque esto sea un gran pilar en sus vidas.

martes, 21 de junio de 2016

El patito feo - Hans Christian Andersen


EL PATITO FEO

HANS CHRISTIAN ANDERSEN



  ¡Qué lindos eran los días de verano! ¡Qué agradable resultaba pasear por el campo y ver el trigo amarillo, la verde avena y las parvas de heno apilado en las llanuras! Sobre sus largas patas rojas iba la cigüeña junto a algunos flamencos, que se paraban un rato sobre cada pata. Sí, era realmente encantador estar en el campo.

  Bañada de sol se alzaba allí una vieja mansión solariega a la que rodeaba un profundo foso; desde sus paredes hasta el borde del agua crecían unas plantas de hojas gigantescas, las mayores de las cuales eran lo suficientemente grandes para que un niño pequeño pudiese pararse debajo de ellas. Aquel lugar resultaba tan enmarañado y agreste como el más denso de los bosques, y era allí donde cierta pata había hecho su nido. Ya era tiempo de sobra para que naciesen los patitos, pero se demoraban tanto, que la mamá comenzaba a perder la paciencia, pues casi nadie venía a visitarla.

  Al fin los huevos se abrieron uno tras otro. “¡Pip, pip!”, decían los patitos conforme iban asomando sus cabezas a través del cascarón.

-¡Cuac, cuac! -dijo la mamá pata, y todos los patitos se apresuraron a salir tan rápido como pudieron, dedicándose enseguida a escudriñar entre las verdes hojas. La mamá los dejó hacer, pues el verde es muy bueno para los ojos.

-¡Oh, qué grande es el mundo! -dijeron los patitos. Y ciertamente disponían de un espacio mayor que el que tenían dentro del huevo.

-¿Creen acaso que esto es el mundo entero? -preguntó la pata-. Pues sepan que se extiende mucho más allá del jardín, hasta el prado mismo del pastor, aunque yo nunca me he alejado tanto. Bueno, espero que ya estén todos -agregó, levantándose del nido-. ¡Ah, pero si todavía falta el más grande! ¿Cuánto tardará aún? No puedo entretenerme con él mucho tiempo.

  Y fue a sentarse de nuevo en su sitio.

-¡Vaya, vaya! ¿Cómo anda eso? -preguntó una pata vieja que venía de visita.

-Ya no queda más que este huevo, pero tarda tanto… -dijo la pata echada-. No hay forma de que rompa. Pero fíjate en los otros, y dime si no son los patitos más lindos que se hayan visto nunca. Todos se parecen a su padre, el muy bandido. ¿Por qué no vendrá a verme?

-Déjame echar un vistazo a ese huevo que no acaba de romper -dijo la anciana-. Te apuesto a que es un huevo de pava. Así fue como me engatusaron cierta vez a mí. ¡El trabajo que me dieron aquellos pavitos! ¡Imagínate! Le tenían miedo al agua y no había forma de hacerlos entrar en ella. Yo graznaba y los picoteaba, pero de nada me servía… Pero, vamos a ver ese huevo…

-Creo que me quedaré sobre él un ratito aún -dijo la pata-. He estado tanto tiempo aquí sentada, que un poco más no me hará daño.

-Como quieras -dijo la pata vieja, y se alejó contoneándose.

  Por fin se rompió el huevo. “¡Pip, pip!”, dijo el pequeño, volcándose del cascarón. La pata vio lo grande y feo que era, y exclamó:

-¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros. Y, sin embargo, me atrevo a asegurar que no es ningún crío de pavos.

  Al otro día hizo un tiempo maravilloso. El sol resplandecía en las verdes hojas gigantescas. La mamá pata se acercó al foso con toda su familia y, ¡plaf!, saltó al agua.

-¡Cuac, cuac! -llamaba. Y uno tras otro los patitos se fueron abalanzando tras ella. El agua se cerraba sobre sus cabezas, pero enseguida resurgían flotando magníficamente. Movíanse sus patas sin el menor esfuerzo, y a poco estuvieron todos en el agua. Hasta el patito feo y gris nadaba con los otros.

-No es un pavo, por cierto -dijo la pata-. Fíjense en la elegancia con que nada, y en lo derecho que se mantiene. Sin duda que es uno de mis pequeñitos. Y si uno lo mira bien, se da cuenta enseguida de que es realmente muy guapo. ¡Cuac, cuac! Vamos, vengan conmigo y déjenme enseñarles el mundo y presentarlos al corral entero. Pero no se separen mucho de mí, no sea que los pisoteen. Y anden con los ojos muy abiertos, por si viene el gato.


  Y con esto se encaminaron al corral. Había allí un escándalo espantoso, pues dos familias se estaban peleando por una cabeza de anguila, que, a fin de cuentas, fue a parar al estómago del gato.

-¡Vean! ¡Así anda el mundo! -dijo la mamá relamiéndose el pico, pues también a ella la entusiasmaban las cabezas de anguila-. ¡A ver! ¿Qué pasa con esas piernas? Anden ligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa anciana pata que está allí. Es la más fina de todos nosotros. Tiene en las venas sangre española; por eso es tan regordeta. Fíjense, además, en que lleva una cinta roja atada a una pierna: es la más alta distinción que se puede alcanzar. Es tanto como decir que nadie piensa en deshacerse de ella, y que deben respetarla todos, los animales y los hombres. ¡Anímense y no metan los dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacan hacia afuera, como mamá y papá… Eso es. Ahora hagan una reverencia y digan ¡cuac!

  Todos obedecieron, pero los otros patos que estaban allí los miraron con desprecio y exclamaron en alta voz:

-¡Vaya! ¡Como si ya no fuésemos bastantes! Ahora tendremos que rozarnos también con esa gentuza. ¡Uf!… ¡Qué patito tan feo! No podemos soportarlo.

  Y uno de los patos salió enseguida corriendo y le dio un picotazo en el cuello.

-¡Déjenlo tranquilo! -dijo la mamá-. No le está haciendo daño a nadie.

-Sí, pero es tan desgarbado y extraño -dijo el que lo había picoteado-, que no quedará más remedio que despachurrarlo.

-¡Qué lindos niños tienes, muchacha! -dijo la vieja pata de la cinta roja-. Todos son muy hermosos, excepto uno, al que le noto algo raro. Me gustaría que pudieras hacerlo de nuevo.

-Eso ni pensarlo, señora -dijo la mamá de los patitos-. No es hermoso, pero tiene muy buen carácter y nada tan bien como los otros, y me atrevería a decir que hasta un poco mejor. Espero que tome mejor aspecto cuando crezca y que, con el tiempo, no se le vea tan grande. Estuvo dentro del cascarón más de lo necesario, por eso no salió tan bello como los otros.

  Y con el pico le acarició el cuello y le alisó las plumas.

-De todos modos, es macho y no importa tanto -añadió-, Estoy segura de que será muy fuerte y se abrirá camino en la vida.

-Estos otros patitos son encantadores -dijo la vieja pata-. Quiero que se sientan como en su casa. Y si por casualidad encuentran algo así como una cabeza de anguila, pueden traérmela sin pena.

  Con esta invitación todos se sintieron allí a sus anchas. Pero el pobre patito que había salido el último del cascarón, y que tan feo les parecía a todos, no recibió más que picotazos, empujones y burlas, lo mismo de los patos que de las gallinas.

-¡Qué feo es! -decían.

  Y el pavo, que había nacido con las espuelas puestas y que se consideraba por ello casi un emperador, infló sus plumas como un barco a toda vela y se le fue encima con un cacareo, tan estrepitoso que toda la cara se le puso roja. El pobre patito no sabía dónde meterse. Sentíase terriblemente abatido, por ser tan feo y porque todo el mundo se burlaba de él en el corral.

  Así pasó el primer día. En los días siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El pobre patito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban de vez en cuando y le decían:

-¡Ojalá te agarre el gato, grandulón!

  Hasta su misma mamá deseaba que estuviese lejos del corral. Los patos lo pellizcaban, las gallinas lo picoteaban y, un día, la muchacha que traía la comida a las aves le asestó un puntapié.




  Entonces el patito huyó del corral. De un revuelo saltó por encima de la cerca, con gran susto de los pajaritos que estaban en los arbustos, que se echaron a volar por los aires.

  “¡Es porque soy tan feo!” pensó el patito, cerrando los ojos. Pero así y todo siguió corriendo hasta que, por fin, llegó a los grandes pantanos donde viven los patos salvajes, y allí se pasó toda la noche abrumado de cansancio y tristeza.

  A la mañana siguiente, los patos salvajes remontaron el vuelo y miraron a su nuevo compañero.

-¿Y tú qué cosa eres? -le preguntaron, mientras el patito les hacía reverencias en todas direcciones, lo mejor que sabía.

-¡Eres más feo que un espantapájaros! -dijeron los patos salvajes-. Pero eso no importa, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas.

  ¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo dejasen estar tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano.

  Unos días más tarde aparecieron por allí dos gansos salvajes. No hacía mucho que habían dejado el nido: por eso eran tan impertinentes.

-Mira, muchacho -comenzaron diciéndole-, eres tan feo que nos caes simpático. ¿Quieres emigrar con nosotros? No muy lejos, en otro pantano, viven unas gansitas salvajes muy presentables, todas solteras, que saben graznar espléndidamente. Es la oportunidad de tu vida, feo y todo como eres.

-¡Bang, bang! -se escuchó en ese instante por encima de ellos, y los dos gansos cayeron muertos entre los juncos, tiñendo el agua con su sangre. Al eco de nuevos disparos se alzaron del pantano las bandadas de gansos salvajes, con lo que menudearon los tiros. Se había organizado una importante cacería y los tiradores rodeaban los pantanos; algunos hasta se habían sentado en las ramas de los árboles que se extendían sobre los juncos. Nubes de humo azul se esparcieron por el oscuro boscaje, y fueron a perderse lejos, sobre el agua.

  Los perros de caza aparecieron chapaleando entre el agua, y, a su avance, doblándose aquí y allá las cañas y los juncos. Aquello aterrorizó al pobre patito feo, que ya se disponía a ocultar la cabeza bajo el ala cuando apareció junto a él un enorme y espantoso perro: la lengua le colgaba fuera de la boca y sus ojos miraban con brillo temible. Le acercó el hocico, le enseñó sus agudos dientes, y de pronto… ¡plaf!… ¡allá se fue otra vez sin tocarlo!

  El patito dio un suspiro de alivio.

-Por suerte soy tan feo que ni los perros tienen ganas de comerme -se dijo. Y se tendió allí muy quieto, mientras los perdigones repiqueteaban sobre los juncos, y las descargas, una tras otra, atronaban los aires.

  Era muy tarde cuando las cosas se calmaron, y aún entonces el pobre no se atrevía a levantarse. Esperó todavía varias horas antes de arriesgarse a echar un vistazo, y, en cuanto lo hizo, enseguida se escapó de los pantanos tan rápido como pudo. Echó a correr por campos y praderas; pero hacía tanto viento, que le costaba no poco trabajo mantenerse sobre sus pies.

  Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. Se sentía en tan mal estado que no sabía de qué parte caerse, y, en la duda, permanecía de pie. El viento soplaba tan ferozmente alrededor del patito que éste tuvo que sentarse sobre su propia cola, para no ser arrastrado. En eso notó que una de las bisagras de la puerta se había caído, y que la hoja colgaba con una inclinación tal que le sería fácil filtrarse por la estrecha abertura. Y así lo hizo.

  En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. El gato, a quien la anciana llamaba “Hijito”, sabía arquear el lomo y ronronear; hasta era capaz de echar chispas si lo frotaban a contrapelo. La gallina tenía unas patas tan cortas que le habían puesto por nombre “Chiquitita Piernascortas”. Era una gran ponedora y la anciana la quería como a su propia hija.

  Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito. El gato lo saludó ronroneando y la gallina con su cacareo.

-Pero, ¿qué pasa? -preguntó la vieja, mirando a su alrededor. No andaba muy bien de la vista, así que se creyó que el patito feo era una pata regordeta que se había perdido-. ¡Qué suerte! -dijo-. Ahora tendremos huevos de pata. ¡Con tal que no sea macho! Le daremos unos días de prueba.

  Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales, por supuesto, no había ni rastros de huevo. Ahora bien, en aquella casa el gato era el dueño y la gallina la dueña, y siempre que hablaban de sí mismos solían decir: “nosotros y el mundo”, porque opinaban que ellos solos formaban la mitad del mundo , y lo que es más, la mitad más importante. Al patito le parecía que sobre esto podía haber otras opiniones, pero la gallina ni siquiera quiso oírlo.

-¿Puedes poner huevos? -le preguntó.

-No.

-Pues entonces, ¡cállate!

  Y el gato le preguntó:

-¿Puedes arquear el lomo, o ronronear, o echar chispas?

-No.

-Pues entonces, guárdate tus opiniones cuando hablan las personas sensatas.



  Con lo que el patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Pero de pronto recordó el aire fresco y el sol, y sintió una nostalgia tan grande de irse a nadar en el agua que -¡no pudo evitarlo!- fue y se lo contó a la gallina.

-¡Vamos! ¿Qué te pasa? -le dijo ella-. Bien se ve que no tienes nada que hacer; por eso piensas tantas tonterías. Te las sacudirías muy pronto si te dedicaras a poner huevos o a ronronear.

-¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! -dijo el patito feo-. ¡Tan sabroso zambullir la cabeza y bucear hasta el mismo fondo!

-Sí, muy agradable -dijo la gallina-. Me parece que te has vuelto loco. Pregúntale al gato, ¡no hay nadie tan listo como él! ¡Pregúntale a nuestra vieja ama, la mujer más sabia del mundo! ¿Crees que a ella le gusta nadar y zambullirse?

-No me comprendes -dijo el patito.

-Pues si yo no te comprendo, me gustaría saber quién podrá comprenderte. De seguro que no pretenderás ser más sabio que el gato y la señora, para no mencionarme a mí misma. ¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un cuarto cálido y confortable, donde te hacen compañía quienes pueden enseñarte? Pero no eres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí. Te doy mi palabra de que si te digo cosas desagradables es por tu propio bien: sólo los buenos amigos nos dicen las verdades. Haz ahora tu parte y aprende a poner huevos o a ronronear y echar chispas.

-Creo que me voy a recorrer el ancho mundo -dijo el patito.

-Sí, vete -dijo la gallina.

  Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser viviente quería tratarse con él por lo feo que era.

  Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el viento las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío. Las nubes colgaban bajas, cargadas de granizo y nieve, y el cuervo, que solía posarse en la tapia, graznaba “¡cau, cau!”, de frío que tenía. Sólo de pensarlo le daban a uno escalofríos. Sí, el pobre patito feo no lo estaba pasando muy bien.

  Cierta tarde, mientras el sol se ponía en un maravilloso crepúsculo, emergió de entre los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito no había visto nunca unos animales tan espléndidos. Eran de una blancura resplandeciente, y tenían largos y esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que lanzaban un fantástico grito, extendieron sus largas, sus magníficas alas, y remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacia los lagos abiertos y las tierras cálidas.


  Se elevaron muy alto, muy alto, allá entre los aires, y el patito feo se sintió lleno de una rara inquietud. Comenzó a dar vueltas y vueltas en el agua lo mismo que una rueda, estirando el cuello en la dirección que seguían, que él mismo se asustó al oírlo. ¡Ah, jamás podría olvidar aquellos hermosos y afortunados pájaros! En cuanto los perdió de vista, se sumergió derecho hasta el fondo, y se hallaba como fuera de sí cuando regresó a la superficie. No tenía idea de cuál podría ser el nombre de aquellas aves, ni de adónde se dirigían, y, sin embargo, eran más importantes para él que todas las que había conocido hasta entonces. No las envidiaba en modo alguno: ¿cómo se atrevería siquiera a soñar que aquel esplendor pudiera pertenecerle? Ya se daría por satisfecho con que los patos lo tolerasen, ¡pobre criatura estrafalaria que era!

  ¡Cuán frío se presentaba aquel invierno! El patito se veía forzado a nadar incesantemente para impedir que el agua se congelase en torno suyo. Pero cada noche el hueco en que nadaba se hacía más y más pequeño. Vino luego una helada tan fuerte, que el patito, para que el agua no se cerrase definitivamente, ya tenía que mover las patas todo el tiempo en el hielo crujiente. Por fin, debilitado por el esfuerzo, quedose muy quieto y comenzó a congelarse rápidamente sobre el hielo.

  A la mañana siguiente, muy temprano, lo encontró un campesino. Rompió el hielo con uno de sus zuecos de madera, lo recogió y lo llevó a casa, donde su mujer se encargó de revivirlo.

  Los niños querían jugar con él, pero el patito feo tenía terror de sus travesuras y, con el miedo, fue a meterse revoloteando en la paila de la leche, que se derramó por todo el piso. Gritó la mujer y dio unas palmadas en el aire, y él, más asustado, metiose de un vuelo en el barril de la mantequilla, y desde allí lanzose de cabeza al cajón de la harina, de donde salió hecho una lástima. ¡Había que verlo! Chillaba la mujer y quería darle con la escoba, y los niños tropezaban unos con otros tratando de echarle mano. ¡Cómo gritaban y se reían! Fue una suerte que la puerta estuviese abierta. El patito se precipitó afuera, entre los arbustos, y se hundió, atolondrado, entre la nieve recién caída.

  Pero sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvo que pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio entre los juncos cuando las alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de nuevo: llegaba la hermosa primavera.

  Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerte que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Casi sin darse cuenta, se halló en un vasto jardín con manzanos en flor y fragantes lilas, que colgaban de las verdes ramas sobre un sinuoso arroyo. ¡Oh, qué agradable era estar allí, en la frescura de la primavera! Y en eso surgieron frente a él de la espesura tres hermosos cisnes blancos, rizando sus plumas y dejándose llevar con suavidad por la corriente. El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía.

-¡Volaré hasta esas regias aves! -se dijo-. Me darán de picotazos hasta matarme, por haberme atrevido, feo como soy, a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejor es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas, los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno.

  Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas.

-¡Sí, mátenme, mátenme! -gritó la desventurada criatura, inclinando la cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí en la límpida corriente? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!



  Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos y desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que le esperaban. Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos.

  En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan y semillas. El más pequeño exclamó:

-¡Ahí va un nuevo cisne!

  Y los otros niños corearon con gritos de alegría:

-¡Sí, hay un cisne nuevo!

  Y batieron palmas y bailaron, y corrieron a buscar a sus padres. Había pedacitos de pan y de pasteles en el agua, y todo el mundo decía:

-¡El nuevo es el más hermoso! ¡Qué joven y esbelto es!

  Y los cisnes viejos se inclinaron ante él. Esto lo llenó de timidez, y escondió la cabeza bajo el ala, sin que supiese explicarse la razón. Era muy, pero muy feliz, aunque no había en él ni una pizca de orgullo, pues este no cabe en los corazones bondadosos. Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía cómo todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes. Las lilas inclinaron sus ramas ante él, bajándolas hasta el agua misma, y los rayos del sol eran cálidos y amables. Rizó entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón:


-Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era solo un patito feo.

FIN

El origen de la Humanidad - Mitología Nórdica


EL ORIGEN DE LA HUMANIDAD - ASK Y EMBLA





  Aviso: las aclaraciones en rojo son para explicar quiénes son los diferentes dioses u otras palabras mitológicas, si ya los conoces ignóralas

  Aunque desde que fueron conscientes de la existencia de Midgard (reino de los hombres) los dioses pensaron que la habitara la humanidad, no fue hasta mucho después cuando esta especie vio la luz.

  Un día, Odín (dios de los dioses), Vili y Ve (hermanos de Odín) iban andando por la orilla del mar y se encontraron con dos troncos de árboles traídos por la marea, un fresno y un aliso. Estos troncos procedían del cabello de Ymir (el primer gigante de escarcha, al que había matado Odín), que había llegado a formar grandes bosques. Los dioses contemplaron en silencio y asombrados la madera de estos. Odín, percatándose del uso que se le podría dar, les dotó de almas. Del fresno crearon un hombre al que se le dio el nombre de Ask y del aliso crearon una bella mujer a la que se le llamó Embla, éstos tuvieron la vida de un árbol hasta que los dioses les dieron mente, voluntad y deseo.

fresno y aliso

  Odín les dio la respiración y el alma; Vile, la capacidad de pensar y moverse y Ve les otorgó las facultades de hablar, oír y ver. De ellos descendería toda la raza humana, cuya morada es la llamada Midgard.

  Creados a imagen y semejanza de los dioses de Asgard (reino de los dioses guerreros, los Aesir), fueron dotados de habla e intelecto, y con poder para amar, esperar y trabajar, y con vida y con muerte, al primer hombre, Ask, surgido del fresno y a la primera mujer, Embla, surgida del aliso se les otorgó la libertad para gobernar el territorio de Midgard a su deseo.


  Lo poblaron gradualmente con su descendencia, mientras los dioses, recordando que habían sido ellos los que los habían dotado con vida, se interesaron muy especialmente en todas sus actividades, velando por ellos y concediéndoles con frecuencia su ayuda y protección.